| NOTA DEL EDITOR: La columna First-Person (De primera mano) es parte de la edición de hoy de BP en español. Para ver historias adicionales, vaya a http://www.bpnews.net/espanol NASHVILLE, Tenn. (BP) -- Este domingo llegué al templo y como de costumbre me dirigí a la clase de escuela dominical. Me alegró que mi esposa y yo fuéramos los primeros en llegar. No siempre es así. Minutos más tarde llegó el maestro a quién le tocaba dirigir la clase ese domingo. Le llamaré José en este artículo para proteger su identidad. El resto del grupo poco a poco llegaba saludándose unos a otros. A nosotros, los hispanos, nos fascina compartir. Varios de los participantes le preguntaban al maestro cómo seguía su esposa. Marta, quien tiene otro nombre, había salido de una operación quirúrgica días atrás en donde removieron varios de sus órganos internos de forma preventiva. José comentó que nos compartiría acerca de la salud de su esposa al iniciar la clase. Esto con el fin de no repetir varias veces la misma historia. Al cabo de varios minutos, José valientemente abrió su corazón ante el grupo. Comenzó contándonos que la operación que Marta había tenido había sido exitosa. Los doctores habían removido los órganos que originalmente tenían planificado. Sin embargo, estos habían descubierto algo nuevo, algo que no esperaban conseguir. Células cancerígenas se habían esparcido a otras partes del cuerpo0. El cáncer había regresado con sus terribles consecuencias. "Habrá que esperar la recuperación de la reciente intervención quirúrgica," comentó José, para iniciar el tratamiento de las células malignas que aparecieron. Sentíamos que las noticias que escuchábamos eran demasiado duras como para entenderlas y aceptarlas. Su esposa es una mujer de fe. ¿Por qué pasaba esto?, ¿Acaso no habíamos orado suficientemente como clase por la sanidad de Marta?, ¿Hasta cuándo esta familia tendría que sufrir tanto? Más eran las preguntas que venían a nuestra mente que las respuestas que encontrábamos. Parte de la razón por la que habíamos llegado al estudio bíblico era para oír la voz de Dios. He aquí cinco lecciones que aprendí ese domingo: 1. No escondas tus luchas. José compartía cómo esto había tomado por sorpresa a toda la familia. Con ojos húmedos hablaba de la recuperación que Marta está experimentando estos últimos días pero lo débil que aún estaba. El sufrimiento y las pruebas son el material que Dios usa para hacernos más fuertes. Compartir nuestras luchas abre la puerta para que otros puedan ver lo frágil de la vida y nuestra necesidad de Dios. Nos hace sentir humanos y evita sentirnos orgullosos. Es riesgoso pensar que al compartir nuestras luchas otros nos vean y piensen que somos débiles en la fe. 2. Se transparente. José confesaba que no sabía exactamente lo que iba a suceder. No sabía que decidirían en cuanto al tratamiento futuro que Marta debe tomar. Estaban concentrados en vivir un día a la vez. Con gracia, nos pidió a la clase que cuando habláramos con ella no tratáramos de "predicarle" un sermón acerca de lo que debía hacer. Cuando alguien le preguntó qué podíamos hacer por ellos, nos dijo dos cosas: 1) paren de traernos más comida a casa y 2) oren. Continued... |